Antropología del Ciudadano

El Ciudadano es un hombre vacío, que no tiene nada dentro. Como no tiene nada dentro, se le puede meter dentro cualquier cosa: un coche, un ordenador, un libro de ciencia ficción o un disco de Lola Flores; también tiene sitio para una colección de sellos o para una España Grande y Libre, pues las almas vacías se lo tragan todo. En política, que el Ciudadano tenga ahora un partido indica que la propaganda es muy mala porque hablamos de un tipo que tanto podría ser del PP, como del PSC, como de Iniciativa o incluso de CiU. En cambio, la identificación con ERC es más difícil porque el Ciudadano es un subproducto de la demagogia castellana, como el torero, y no tendría lugar en una Cataluña libre. Sabe pocas cosas, pero esto lo sabe.

El Ciudadano sufre. Sufre como sufriría cualquier persona cuya alma no fuera más que una corriente de aire, y para paliar el frío interior que le produce el vacío, busca la palmadita en la espalda, busca el calor de la masa; es un pedante. Degrada todo lo que pone en evidencia su ignorancia. Nada le gusta más que hablar de libertad y tolerancia con los cañones a favor, y dar muchos sermones. En Cataluña, defiende el multiculturalismo, pero en Madrid defendería las políticas de Berlusconi y en la Alemania Nazi hubiera sido un soldado del holocausto. El Ciudadano es el tipo ideal de las sociedades fascistas: Es el hombre que hace el mal queriendo hacer el bien; es el palurdo con humos que hace la faena sucia al que manda.

Pero insisto: no hay mala intención detrás de su conducta, no hay nada, solo pedantería.

De Ciudadanos, en Cataluña ha habido a montones. Primero se hicieron lerrouxistas, luego de Unión Partiótica, luego de la FAI, luego de Negrín, luego de Franco, luego socialistas. En sus orígenes, el Ciudadano fue un chulillo que entraba en el ateneo tirando de los elásticos y citando Unamuno (ahora cita Steiner y es el rei del internet). Como ahora, mucha gente le escuchaba y luego se reía, pero ya se sabe que hay tontos en todas partes (y que los tontos hacen mucho daño). A menudo este Ciudadano era forastero. A menudo era el único de su pueblo que sabía leer, y había cogido un tono profesoral. Decía: “El saber no ocupa lugar”, y leía y leía sin entender nada porque para entender alguna cosa hay que tener alma.

Era pues, el Ciudadano, la versión castellana del set-ciències, degenerada por las glorias del Imperio. Aunque primero elogiaba Cataluña porque era un país avanzado, enseguida se volvía contra ella, pues descubría que nunca sería el rey del mambo como lo había sido en su pueblo. Desagradecido y cabreado con los catalanes porque cuando hablaba no le hacían caso, por más que lo hiciese en castellano, se ofendía, y cuando se ofendía se convertía, para hacerse respetar, en español profesional. Así progresaba, a base de acusar a los indígenas de separatistas, de burgueses, de rojos o de masones, igual que ahora los acusa de odio racial. Viendo que la táctica funcionaba, muchos catalanes, siempre atentos al negocio, siguieron el mismo camino. Así el Ciudadano ha sido o bien un fenicio del alma o bien un castellano inadaptado por la vanidad más tozuda y espantosa. Los Ciudadanos brotan con fuerza siempre que la cultura catalana saca la cabeza porque una cultura catalana normal sería una denuncia a grito pelado de su miseria. Ahora debemos ir muy mal porque cada día quedan menos Ciudadanos y los que quedan cada día están más peleados.

Resumiendo: El Ciudadano actual es como la chusma de can Anglada, pero disimula porque tiene la sensación que el negro, el chino, el moro o el sudamericano es más tonto que él y que va escuchar sus sermones porque, como él, siempre habla castellano.

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