La pregunta del millón de dólares para este 2017 no es qué va a pasar en Cataluña, sino que va a pasar en el resto del Estado español. El filósofo Francesc Pujols -conceptualizador del surrealismo, maestro de Josep Pla y de Salvador Dalí- dedicó un par de libros maravillosos a describir los grotescos efectos que la vitalidad democrática de Cataluña ha ejercido en España en los dos últimos siglos.

España es como aquel príncipe de La Bella y la Bestia que vive en un castillo sin espejos para no tener que aceptar que la arrogancia, la codicia y la vanidad lo han convertido en un monstruo feo y peludo. El independentismo es la princesa rubia, virgen y maciza, que ha venido a darle al monstruo cornudo la última oportunidad de redimirse a través del amor.

Hasta 2009, cada vez que los catalanes intentaban dar vía libre a su personalidad, acababan encerrados en el cuarto oscuro de la historia junto con los españoles. Esta vez la situación es diferente. Y no solamente porque el Estado se ha desmilitarizado. Con la globalización, Madrid también ha perdido la fuerza para mantener el sistema de mentiras y autoengaños que, tarde o temprano, arrastraban Cataluña al desastre.

Por eso la pregunta del millón de dólares no es qué va a pasar en Cataluña, sino qué va a pasar en España. ¿Qué va a pasar a medida que la idea de la autodeterminación vaya independizando a los catalanes uno por uno? ¿Qué va a pasar a medida que las excusas de los Jordi Pujol, los Artur Mas, de los Xavier Domènech o las Ada Colau vayan quedando en evidencia ante la pureza llana y simple con que la autodeterminación plantea el conflicto entre Madrid y Barcelona?

Cataluña solo tiene que organizar un Referéndum con sus medios al alcance y defender el resultado, mientras que España cada vez va a verse más enfrentada a su historia por las dinámicas políticas que le lleguen de Barcelona. Los tiempos han cambiado. Los esfuerzos que el ABC hizo este fin de semana para intentar disimular que Cervantes sabía catalán, casi daban risa. Con la oposición al Referéndum pasará cada vez más una cosa semejante.

Puede que el cuento termine en 2017 o puede que termine más tarde pero en el The End lo normal es que Cataluña recupere a través de la democracia la libertad que perdió por las armas. ¿Y España? Esto dependerá de los españoles. Fichar y promocionar catalanes sin principios, que dicen una cosa en privado y otra cosa en público hasta que la vanidad les destruye el pensamiento, solo va a aumentar el caos y el dolor cuando llegue el momento de la verdad.

Por primera vez en 400 años, Catalunya ha escogido el campo de batalla en su conflicto con el Estado, y los trucos de la vieja Convergencia no han servido para engañarla. La presión de los militares durante la Transición no impidió que ETA obligara al Estado a exaltar la democracia y a aceptar la obviedad de que sin violencia se puede defender cualquier idea.

En los últimos años, el truco de sacralizar la ley y demonizar la corrupción ha servido para ganar tiempo, pero también ha exportado los problemas de la política catalana a la política española. Ni el Congreso del PP, ni el congreso del PSOE, ni mucho menos el de Ciudadanos van a frenar el deterioro de una democracia basada en miedos y mentiras que ya no tienen fundamento ni pueden mantenerse por la fuerza.

El referéndum es la oportunidad que Cataluña da a los españoles de defender la unidad a través del amor, sin olvidar la espada de Damocles que cuelga sobre el Estado por la Ley de punto final; por eso es imbatible ante el diálogo de besugos que plantea Soraya Sáenz de Santamaría.

El monstruo cree que el Referéndum es una trampa, y en parte tiene razón, porque en un entorno de libertad la unidad del Estado es difícil de defender con el historial y los números en la mano. Pero, como en el cuento de La Bella y la Bestia el Estado español deberá escoger entre encontrar la paz definitiva o ver cómo le siguen creciendo los dientes y los cuernos de ogro.

Desde que, en 2009, se organizó la primera votación en Arenys de Munt contra los dictámenes de la justicia española y la voluntad de los partidos nacionalistas, la idea de la autodeterminación ha ido despellejando impostores, y sacando lo mejor de Cataluña y lo peor de España. El Estado tiene el orden y el dinero, pero el independentismo tiene la creatividad y la capacidad de improvisación.

Solo hay que ver cómo ha cambiado el lenguaje político en los últimos años, para ver que todo el daño que el monstruo le intente hacer a Cataluña lo van a pagar el resto de españoles.